Una cosa es hablar de tolerancia y otra muy distinta es practicarla. Parece ser que el valor del concepto de tolerancia va en aumento, o al menos es muy frecuente escuchar a las personas evaluando positivamente a aquellos que la practican.Sin embargo se ha instaurado una práctica muy común entre las personas que se dicen más tolerantes: es que a fin de lograr una actitud de apertura con aquellos que señalan como intolerados, caen en el extremo de intolerar a aquellos que supuestamente son los intolerantes.
Pongámoslo en un ejemplo común. Se trata básicamente de la medicina alternativa vs. la medicina tradicional.
Hay personas que han ido en pos de la medicina alternativa, precisamente buscando una alternativa a la tradicional (cuando ésta falla o simplemente porque se prefiere), y desde esa opción totalmente válida, llegan a considerarse tolerantes frente a todos quienes se mueven en el mismo ámbito de lo alternativo (medicamente hablando), pero se vuelven intolerantes frente a quienes "nos quedamos atrás" en el ambito médico circunscrito solo a la medicina tradicional.
¿A que me refiero con todo ésto?
Simplemente a que la tolerancia se debe practicar desde la posición en la que uno esta situado. Es decir que una vez que yo di el paso de tolerar a una persona, un grupo o una situación, no puedo mirar mi situación anterior (y a los que en ella se encuentran ahora) con intolerancia.
Mucha gente dice que los católicos somos intolerantes, que no somos capaces de acoger a todas las realidades y que fijamos muchas exigencias para los Hijos de Dios y puede que efectivamente así sea. Sin embargo algunos de nosotros hacemos un esfuerzo por practicar la tolerancia, con mayor o menor éxito, pero lo intentamos, y en ese afán corremos el riesgo de renunciar a nuestro propio sustento.
No podemos, creo yo, desvirtuar la tolerancia y aceptar "todas las posturas". Ciertamente que hay verdad en todas las personas y eso supone, tal como debe entenderse la tolerancia, un respeto por aquel que piensa distinto.
Sin embargo, no debemos temer manifestar nuestra opinión para no ser catalogados de intolerantes, sino que tener una actitud evangélica y comunicar lo que Jesús nos transmitió del Padre: la Buena Nueva del Amor, que es para todos, pero que invita a la conversión. Si otros nos ponen la etiqueta de intolerantes por denunciar la injusticia, la falta de compromiso, el desprecio por la vida, etc. que es parte de la misión de un(a) cristiano(a), entonces se acepta el cartel de intolerantes.
Toda la reflexión anterior nació, a propósito del santiguamiento al que fue sometido el pequeño Joaquín el fin de semana recien pasado. ¿Que es un santiguamiento? Es un especie de rezo que hacen algunos "iluminados" (deben serlo, puesto que no se explica que mis rezos no sirvan) a los bebes para que se sanen del "ojeo" ( del verbo "ojear", que consiste en que alguien le provoca un perjuicio físico o de otro tipo a una persona con el solo acto de mirarlo) que los puede aquejar.
Yo no creo que Dios les haya dado "poderes" especiales a unos y a otros nos haya dejado al margen, sin posibilidad alguna de defensa ante "la maldad reinante". Sin embargo acepto y acojo las palabras de Jesús: "el que no esta contra nosotros está con nosotros" Mc 9, 40.
Solo puedo decir en mi defensa a quienes me catalogan de intolerante con este tipo de prácticas, que también hay que ser tolerante hacia quienes no las aceptamos, que no quiere decir que no las toleramos, pues la tolerancia "se debe practicar desde la posición en la que uno esta situado".
1 comentario:
que bien esta tu reflexion
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